El 'rey' desnudo

Óscar del Hoyo - lunes, 4 de febrero de 2019
El ‘rey’ desnudo
Iglesias ha ido acaparando poder, pero su soberbia le ha hecho perder respaldos y autoridad moral entre 'barones' y simpatizantes

Fascinado con la idea de poder lucir semejante vestimenta en el desfile anual de la corte, el rey escucha atentamente las explicaciones de los cuatro sastres. Genuinas telas de seda india, remates en cuello y puños de la capa con piel animal, hilos de oro, zafiros y pedrería para cinturón y botones... El ego del monarca crece al mismo ritmo que conoce cada detalle. Un traje hecho a medida de la vanidad de un soberano que está obsesionado con ser el centro de las miradas.
El cuarteto embauca al rey y le explica que el atuendo es especial, mágico, y que no todos podrán verlo. Sólo aquellos que son descendientes de su padre podrán apreciarlo, dejando al margen a los bastardos. El monarca se muestra aún más entusiasmado y cede a los modistos una de las mejores dependencias de su castillo para que puedan trabajar tranquilos.
Pasan los días y el rey ordena a varios criados que suban la comida a la estancia de los sastres para que no pierdan tiempo. La confección del traje es un secreto de Estado y los sirvientes acceden bajo juramento de no contar lo que allí se está haciendo. Hay algo extraño. Cada vez que entran al improvisado taller ven a los cuatro modistos trabajar sin descanso, cortando y cosiendo telas invisibles, marcando en el aire patrones con tiza y probándose prendas imperceptibles. La ley del silencio y el miedo a que sean señalados como hijos ilegítimos les empujan a obviar la evidencia.
El rey está ansioso.Ha llegado el gran día y espera en sus aposentos la entrada de los sastres. Los cuatro pícaros le muestran la obra y el monarca, contrariado al no ver nada y temeroso de que piensen que es un bastardo, decide seguir el juego, alabar el trabajo y pagar lo convenido. El soberano sube a su flamante caballo mientras las trompetas anuncian su salida y, aunque todos le observan con sorpresa, nadie se atreve a decir nada. Hasta que, al pasar por uno de los arrabales, un niño no puede reprimir la risa y, apuntándole con el dedo, grita: «¡El rey va desnudo!». El gentío murmura y la frase se repite de boca en boca, hasta que al monarca no le queda más remedio que recular y volver avergonzado a su fortaleza.
Hoy, en Podemos, el murmullo, como en el cuento, es enorme. La salida en falso de Íñigo Errejón tras su pacto con Manuela Carmena y la posterior dimisión de Ramón Espinar al negarse a hacerse cargo de la candidatura que haría frente a la plataforma Más Madrid han provocado un terremoto  dentro de una formación que, aunque parecía ser una balsa de aceite, padece una crisis estructural mayúscula.
Galicia, Asturias, Navarra, Cataluña, Andalucía, Madrid... Los frentes abiertos comenzaban a ser preocupantes, pero nadie parecía querer ver una realidad que señalaba a las luchas de poder y a una cúpula extremadamente personalista, caracterizada por el ordeno y mando, que daba la sensación de estar más preocupada de su imagen que de las necesidades reales de la gente.
Podemos ya no es Podemos. El runrún es generalizado y algunas caras visibles han comenzado a tirar chinitas a un líder que, hasta esta semana, seguía haciendo caso omiso a los mensajes que le llegaban desde las bases. Hay desencanto. El partido surgido hace cinco años, germen del movimiento 15M y de los indignados, nacido como respuesta para dar voz a los más castigados por la crisis, se ha convertido en una formación marcadamente piramidal, de organización lenilista, donde las purgas y los vaivenes políticos han provocado que la ilusión se vaya quedando en el camino.  
Iglesias ha ido acaparando poder, sintiéndose fuerte, pero su soberbia le ha hecho perder respaldos y, lo que es peor, autoridad moral entre barones y simpatizantes que aún se frotan los ojos cuando recuerdan la votación que organizó para que el partido aprobase la adquisición de su chalé. Muchos a día de hoy siguen sin entenderlo.
La cara más visible de Podemos está en entredicho. Su alineamiento con el PP para evitar que Pedro Sánchez fuera investido presidente, buscando el ansiado sorpasso; la salida de Errejón como portavoz del Congreso de los Diputados, en detrimento de Irene Montero; la ambigua posición con respecto al referéndum catalán; o el fuerte desplome sufrido en Andalucía, sumado a  su mensaje posterior en el que instaba a la población a salir a la calle sin respetar el resultado de las urnas, le han dejado en evidencia.  
Errejón ha sido el primero en decir sin tapujos que el rey está desnudo. Ahora son muchos los compañeros que le instan a dejar de competir por llevar la voz cantante y los que ponen sobre la mesa la necesidad de sumar las distintas sensibilidades que engloba Podemos. Un toque de atención al profesor universitario que ve peligrar su posición dominante y que ha reculado, tendiendo la mano al que fuera su amigo, después de haberle tildado de traidor y exigiendo su salida del partido.
¿Cómo acabará el cuento? 

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