"No recuerdo vivir sin depresión"

María Albilla (SPC)
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En el campo artístico se disculpa más el hecho de tener alteraciones emocionales o mentales. Es un tópico, pero es un tópico que nos favorece

"No recuerdo vivir sin depresión"

No es una novela autobiográfica, pero sí está llena de ella. De la Melancolía (Editorial Planeta) supura verdad y superación, bondad y fuerza, convivencia y amor en una historia luminosa, pese a que nace de la depresión. Afrontar este problema desde la literatura era uno de los objetivos de Espido Freire en este nuevo título, como lo era también hablar de las heridas aún sin curar que ha dejado la crisis económica aunque haya pasado una década desde que llegó a lo más profundo de las personas, las familias y la sociedad.


Salta de la novela histórica a un tema de la más rabiosa actualidad, como es la depresión. ¿Qué le ha empujado a ello?
Siempre he jugado con esa indecisión, o más bien con esa imprecisión en el tiempo. En algunos casos esas novelas estaban fuera del tiempo y del espacio, otras eran históricas, otras contemporáneas... Incluso ha habido grados entre la fantasía y la más cruda realidad. Para mí, encontrarme cien por cien en la realidad nunca ha sido demasiado cómodo en la ficción.
La verdad es que, más que el tiempo, lo que me tira es el tema y los personajes. Y el tema en este caso para mí son las dos heridas profundas que atraviesan toda la novela y su reparación. Por un lado, la enfermedad y la depresión de Elena y, por otra, la social, la crisis y la recesión y sus consecuencias. A partir ahí, lo dejé a ver adónde me llevaba... y aquí estamos.


Denomina a ese gran monstruo que es la depresión por la denominación antigua, melancolía. ¿Responde a que es una romántica o es por necesidades del guion?
En el título me parecía desde luego más hermoso. Por otro lado, me permitía jugar con la ambigüedad porque la sociedad reacciona de dos maneras distintas ante la depresión, o se siente incómoda ante ella o le resta importancia y la confunde con la tristeza. 
Cuando hablamos de que alguien está melancólico, triste, se suele decir eso de ‘ya sabes, está mal’. De lo grave no hay que dar explicación... Ese sobreentiendo está implícito ahí para quien lo quiera recoger.


Opina que las enfermedades mentales son un tabú en la vida y en la literatura. Sin embargo, la depresión es una epidemia de la sociedad actual. ¿Es esta una manera de normalizarla en Elena?
Yo no recuerdo un momento en el que la melancolía, la tristeza y después la depresión no estuvieran cerca mío. Sin haber sido una niña triste, en determinados momentos sentía que mi tristeza no era del todo normal, no era como la de los otros niños. Tampoco era normal la sensibilidad con la que respondía a determinadas situaciones. Yo vivía las cosas de otra manera e incluso me acusaban de exagerar. 
Con el tiempo, me di cuenta de que tenía una carga genética que me predisponía a la depresión y lo normalicé. De adolescente tuve un trastorno de la conducta alimentaria y esto hacía posible que en algún momento de mi vida tuviera depresión, pero claro, no la vi venir. Me metí en una vida que me gustaba, pero que era de una exigencia y de un rigor conmigo misma tremendo, que me acabó pasando una factura muy alta.


Pero, en su caso, pudo plantarle cara y, además, tuvo la valentía de decirlo en voz alta.
Cuando supe el diagnóstico para mí fue una liberación. Tenía depresión. Por fin sabía lo que me pasaba, ya había llegado, y tenía que buscar el camino para salir. 
No quiero vanalizar la situación, pero como en mi casa ya había cierta familiaridad con la enfermedad y había trabajado anteriormente con psiquiatras y psicólogos sobre esquemas similares... el caso es que yo pensé que estaba mucho más normalizado. Pues resulta que la reacción de la gente era, con cautela, comentarme sus situaciones similares y me agradecían que alguien por fin hablara. Ahí me di cuenta de cómo siendo una plaga contemporánea, sobre todo mezclada con los ataques de angustia y de ansiedad, nos daba vergüenza hablar de ella.
Yo no tengo un trabajo fijo del cual me puedan echar. Soy autónoma, no tengo casi derecho a estar enferma. Además me dedico a un campo artístico en el que se disculpa más el hecho de tener alteraciones emocionales o mentales. Es un tópico, pero es un tópico que nos favorece. 
En un intento de devolver a la sociedad parte de lo que he aprendido y vivido, me parecía importante hablar de ello y la novela es siempre una buena excusa para incorporar estos temas.Al debate social, al particular, a una conversación contigo... Todo esto es muy importante para llegar al personaje de Elena y que el protagonismo se desplazara de Lázaro a ella.


Insiste en que no es una obra biográfica, pero sí le ha prestado entonces cosas a Elena.
Elena es una mujer mucho más condicionada por las circunstancias de lo que yo lo he estado nunca y es alguien que tiene un serio problema con las palabras. Si lo convertía en una novela autobiográfica me daba la impresión de que iba a limitar sus posibilidades.


Esta historia tiene mucho fondo. Habla de supervivencia, de soledad, reinvención, de heridas, de la crisis y de la recesión.
Este es otro gran tema que quería tocar. Hay generaciones en las que la herida de la crisis no ha cicatrizado aún. Por una estrategia de superación colectiva intentamos creer que lo malo ya ha pasado, pero me parece injusto para muchos colectivos y más ahora que vuelven a acechar las mismas sombras.
En esta novela se trata este tema de una manera intergeneracional porque no afectó solo a los jóvenes, sino también a los jóvenes.


Como dice Vanesa, que no quiere crecer porque el mundo de los adultos le resulta terrorífico.
Por desgracia, para los adultos también lo es, pero no tenemos vuelta atrás. Hasta que llegó la crisis de 2008 todos teníamos fe en el progreso. Creíamos que estábamos en una mejora constante. A veces lenta, a veces con interferencias... pero esa fe ha desaparecido ahora y ha quedado absolutamente arraigado en las generaciones posteriores. 
La idea de inestabilidad, miedo y desconfianza solo trae cosas negativas. Hay que construir y reconstruir un tejido social que ha quedado muy dañado y recuperar una serie de derechos que están o bien extinguiéndose o bien extinguidos.


La historia entre Lázaro y Elena bien puede ser un grito sobre la labor esencial que los mayores todavía tienen en la sociedad. 
Precisamente, la crisis conllevó también algunos aspectos sociales interesantes como una conciencia de comunidad que hasta entonces no se había creado. 
El intercambio entre generaciones y entre personas que de otra manera jamás se hubieran encontrado se agudizó, como describe la novela. La vida cambió desde las ciudades a los pueblos y fue común en toda Europa.


Los personajes que van pasando por la casa de Elena muestran diferentes puntos de vista sobre cómo se convive con la tristeza. ¿Hay que aprender a estar triste para ser una persona feliz?
Lo que no se puede hacer es negar la tristeza. Que cada uno lidie con ella como buenamente pueda, pero la negación no trae nada positivo. Es mucho más acertado asumir que las cosas son lo que son y yo trabajo en ello. Para mí, crear realidades alternativas a través de la ficción ha sido mi forma de no aceptar que la realidad era la que era. Sin embargo, con la edad y unas cuantas bofetadas de la vida, he aprendido que no me compensa, hay que mirar de cara lo que viene, ya sea alegre o no. 
Siempre he llevado muy mal el fingimiento. Y así lo cuento en mis redes sociales de trabajo. Cuando las cosas van bien, van bien y si van mal, pues van mal. Pero veo que la tendencia natural es lo que hace Elena, y Elena finge que todo va bien con la esperanza de que se cumpla algún día. 


Instagram fue para usted una ventana al mundo en un mal momento y ahora alimenta esta cuenta casi a diario. ¿Qué le aporta esta red social?
Cuando te recuperas mínimamente de la enfermedad hay que ir volviendo a la vida y hay que hacerlo con hábitos nuevos porque los de antes ya sabes dónde te han llevado. En mi caso, todo pasaba por leer y escribir, pero me faltaba una parte física, de contacto, de vista... ¡Y deporte no me iba a poner a hacer, que me conozco! 
Ahí entró el móvil y poder ofrecer algo bonito. Lo que sea. Mis collares, mi gatita, un atardecer... Solo buscaba aferrarme a algo chulo. Para mi sorpresa, la cuenta empezó a crecer y pasé a cuidar más las fotografías. Ya no solo era para mí, se convirtió en una plataforma para que otras personas me conocieran en ese aspecto. Lo que nunca cambia es que siempre hay un punto estético y la honestidad.


¿Se puede confundir la felicidad virtual con la de verdad?
Instagram, como las novelas, en muchos sentidos, es pura ficción. Hay que educar a las nuevas generaciones, y a las viejas, que son las que lo están usando ahora, en que lo que están leyendo o viendo puede estar manipulado, sesgado o puede ser intencionadamente optimista o negativo. Ahí está la clave. Es como una revista del corazón, pero claro, ahí entra algo tan humano como es el autoengaño y compararse con los demás... mal camino.


Además, una vez se entra en ese bucle... es complicado salir.
Es muy complicado y si eres una persona competitiva, como en mi caso, más todavía. La competencia tiene que estar orientada hacia un progreso individual y, aun así, hay que tener cuidado para no grillarse demasiado.