«Soy un escritor y una persona distinta»

María Albilla (SPC)
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«Soy un escritor y una persona distinta» - Foto: Toni Albir

Javier Cercas está eufórico. Terra Alta ha venido con el Premio Planeta debajo de la solapa y, lo que es mejor aún, ha supuesto una reinvención del autor a los 57 años que le abre un nuevo camino en la literatura de la mano de la novela negra. Una redención literaria que sirve de metáfora para Melchor, el protagonista de su libro, que encontró en Los Miserables su salvavidas. No obstante, este título no está exento de un sufrimiento. El que ha dejado desarraigado al autor por segunda vez en su vida tras asistir atónito al peor otoño que se ha vivido en Cataluña, el de 2017.


Su primera incursión en la novela negra y llega por todo lo alto. ¿Ha venido para quedase?
Este es un libro distinto, aquí se abre una nueva etapa, aunque sigo siendo fiel a mí mismo. Mis novelas siempre han tenido algo de thriller, un enigma, y alguien que lo intentaba descifrar. Este esquema no me era ajeno y es verdad que de manera más visible es una novela policíaca, pero todas lo son en cierto modo. Lo que más me importa es lo que se puede extraer de un género tan popular, las cosas que a mí me preocupan. No sé si me quedaré, pero sí te puedo decir que he descubierto un terreno virgen para mí. Lo peor que le puede pasar a un escritor es repetirse y yo he encontrado aquí algo nuevo, mientras que lo mejor que le puede pasar es reinventarse y ser un nuevo escritor a los 57 años.
Por otra parte, me ocurre una cosa que no me había pasado nunca antes y es que los personajes siguen vivos y hay muchas cosas más que siguen vivas... hasta ahí te puedo contar.


En la literatura, como en la vida, hay que renovarse o morir...
Es indispensable. No se puede convertir en fórmula aquello que al principio fue hallazgo. Esto ocurre muchas veces y es la muerte del escritor. Los libros tienen que salir de las tripas, de la necesidad vital de contar algo. La felicidad no es productiva para un literato, es mejor el conflicto.


Y, precisamente, este libro está escrito en un momento muy conflictivo: Cataluña, otoño de 2017.
Es verdad. No es un libro sobre la crisis catalana, aunque aparecen puntualmente los atentados del verano de 2017, que son claves para el protagonista, y también el referéndum fraudulento del 1-O, pero es mi experiencia personal. Nunca pensé que yo iba a vivir una situación como aquella, aquel clima prebélico. Jamás pensé que iba a ver cómo una sociedad se partía por la mitad, ni que iba a presenciar todo aquello... Fue una experiencia traumática. Soy un escritor distinto y una persona distinta porque el otoño de 2017 en Cataluña me cambió. Aquello fue el carburante de este libro, aunque no sea sobre el tema, porque ¿de dónde sale la furia del protagonista? De mí. ¿De dónde sale el ansia de Justicia? De mí, porque yo le he creado.


¿Es cierto que lo pasó tan mal que estuvo incluso una temporada sin poder escribir?
Sí. Y esto no me había pasado jamás. En septiembre de 2017, por primera vez en mi vida, dejé de escribir. No hacía nada más que contestar preguntas a periodistas extranjeros y escribir para medios internacionales con el fin de intentar combatir la inundación de mentiras que estábamos padeciendo. Cuando lo retomé y empecé este libro ya era otra persona y no podía escribir igual. Así ha salido. 


La historia de Terra Alta tiene intriga, tiene emoción y contradicciones, pero también hace una reflexión profunda, algo habitual en sus libros.
La literatura es entretenimiento. Antes de nada, es placer. Eso de lectura obligatoria es un oxímoron. Como matrimonio feliz. Pero la literatura es muchas otras cosas porque nos cambia, es un modo de vivir de una manera más rica, más compleja, profunda, intensa... La literatura nos cambia la forma de ver la realidad, como le pasa a Melchor leyendo Los Miserables en la cárcel. De hecho, este libro decide su destino y, al final, pienso que eso es a lo que aspiramos todos los escritores. Todos escribimos para que, como decía Cervantes, el que busque entretenimiento, encuentre entretenimiento; el que busque reflexión, encuentre reflexión... No es incompatible el entretenimiento y el placer con los temas serios. Aquí se habla de la ley, de la Justicia, de la venganza, el odio, la tradición... 


¿Cómo recuerda cuando usted leyó por primera vez Los Miserables?
Pues reconozco que para mí no ha sido un libro fundamental. Lo leí de joven y me gustó, pero no lo elegiría como uno de mis títulos vitales. Elegiría antes Madame Bovary, de Gustave Flaubert, o Moby-Dick, de Herman Melville.
Melchor encuentra en Los Miserables un espejo de su propia vida y el hacha con la que combate sus adversidades. 

 

¿Y qué libro le marcó a usted?
Uno que no he vuelto a leer y que ni siquiera sé si es bueno. San Manuel Bueno Mártir, de Miguel de Unamuno. Lo leí con 14 años. Yo siempre he sido un desarraigado. Nací en Extremadura y con cuatro años me llevaron a Cataluña. Siempre he sido muy lector y con aquella edad me fui a mi pueblo en las vacaciones de verano y me enamoré como un loco. De vuelta a Gerona, lo único de lo que tenía ganas era de colgarme del cimborrio de la catedral. El caso es que la situación era tan seria que llegué a mi casa y cogí un libro muy serio porque era lo que requería ese momento tan serio. Aquel volumen me causó un shock. Perdí la fe, como San Manuel Bueno, y empecé a fumar, a beber... y entré en un período de confusión total del que todavía no he salido.
Realmente, lo que ese libro hizo fue que yo leyese de otra manera. Comencé a soñar con la idea remota de ser escritor. Después el lío ya fue total porque leí toda la obra de Unamuno. Aquello provocó en mí un auténtico terremoto, que ya fue total cuando, poco después, ya con 15 años, empecé a leer a Jorge Luis Borges.


Melchor es un joven de trayectoria complicada que se hace mosso para vengar la muerte de su madre, incluso con métodos poco ortodoxos. ¿Es un justiciero del siglo XXI?
Melchor es un tipo lleno de contradicciones, como lo estamos todos. A raíz del asesinato cruel de su madre crece dentro de él una feroz sed de Justicia, por eso esta es tan importante en el todo el libro. Hay un personaje que dice: «La Justicia absoluta puede ser la más absoluta de las injusticias». Esa es la línea de reflexión. 
Él se ve poseído por una sed de Justicia verdaderamente feroz y salvaje y, donde no llega la costilla, allá va él. Luego aprende que lo bueno, llevado al extremo, puede acabar siendo malo. Esto se aprende con la edad, excepto si eres un borrico.


¡Se le nota muy muy contento con esta novela!
Sí, lo estoy. No te voy a mentir. Estoy muy contento con esta novela.

 

Hace un momento comentaba que usted es un «desarraigado», un tema por el que también pasa la trama y que está de plena actualidad. ¿En Cataluña se están confundiendo las cosas en este sentido?
Yo perdí mi sitio en el mundo cuando con cuatro años me fui con mi familia de mi tierra. Creí haberlo encontrado años después en Cataluña, pero ahora ya no sé si he recuperado o he perdido por segunda vez mi sitio en el mundo. En todo caso, esta es una novela de un hombre que nunca ha tenido su lugar, es un desarraigado, como yo, que encuentra su hueco donde menos se lo espera. Acaba encontrando su patria, entendida sin un sentido tóxico y político. 


¿Qué espera de etapa que abrió el 10-N en cuanto a lo que la situación catalana se refiere?
Que se arregle.


¿Algo así como lo que pasa en el libro, que transcurre en 2021 y ya nadie habla del conflicto catalán porque se intuye que todo ha pasado?
Sí. Quizá se apareció el Espíritu Santo porque ya nadie habla del tema y todo está arreglado. Nadie se acuerda. Ha sido un milagro y 2021 está a la vuelta de la esquina.


¿Qué va a hacer con el suculento premio (601.00 euros), previo pago de impuestos?
Muy fácil. El dinero que yo gano con el Planeta lo ingresa un ejecutivo de cualquier banco cada año. Es una miseria, pese a ser el mejor dotado y que yo estoy contentísimo de haberlo ganado, pero me da para vivir, nada más. ¿Que qué voy a hacer? Pues seguir pagando mis zapatos, mis pantalones, la comida, los bolígrafos, el papel, los ordenadores... Y, te repito, una temporadita. Esto no es que te toca la Lotería. Mi mujer cuando cuenta las horas que invierto en escribir siempre me dice que cobro menos que la señora que viene a casa a limpiar. Los escritores somos pobres por definición.