"En mi estancia en África me sentía incómoda por la pobreza"

Juana Samanes
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Tierna y rebelde. Esas son las características de los papeles que le ofrecen a esta joven intérprete barcelonesa a la que le agradan mucho los dramas sociales

"En mi estancia en África me sentía incómoda por la pobreza"

A sus 26 años, Anna Castillo sigue teniendo cara de niña. Nadie diría que sobre sus espaldas lleva 11 años de trabajo, los últimos especialmente ajetreados alternando televisión y cine. Si el público de la pequeña pantalla la descubrió en 2013 gracias a su personaje de Dorita en la serie Amar es para siempre, los cinéfilos lo hicieron gracias a El olivo, de Itziar Bollaín. Como en este filme, en Adú vuelve a interpretar a una chica rebelde dentro de un drama de índole social.
¿Cuando leyó el guion de la película qué fue lo que más le impactó?
Me conmovió mucho la vida de esos menores inmigrantes, y me agradó formar parte de un proyecto así, de que fueran historias basadas en hechos reales que al director de la película, Salvador Calvo, le llegaron sin pretenderlo. Además, mi personaje y sus conflictos eran muy ricos para mi trabajo de actriz, lo mismo que hacerlo al lado de Luis Tosar. El pack me pareció una buena idea.
¿Cree que su personaje en Adú es un poco reflejo de los ciudadanos del Primer Mundo, que magnifican sus problemas y son inmunes ante la situación extrema de los países pobres, aunque los visiten y pasen tiempo en ellos?
Tanto el personaje de Luis Tosar, que hace de mi padre en la película, como el mío, son una clara representación de un problema muy occidental y de la gente del Primer Mundo que es la falta de comunicación y de la mala gestión emocional. Pero contrastado con los problemas que hay en el Tercer Mundo, como explica la trama principal de la película protagonizada por esos chavales inmigrantes, se crea como un efecto espejo que te incomoda muchísimo. 
¿Qué opina de cómo se describen los acontecimientos en Melilla?
Pienso que no es una película maniquea, incluso el personaje detestable del guardia civil que encarna Mikel Fernández. En el discurso que defiende hay momentos de humanidad. El director nunca quiso atacar a nadie ni a ningún colectivo.
¿Es cierto que al talentoso niño que hace de Adú, Moustapha Oumarou, lo encontraron en las calles?  
Sí, así fue. Llevaban más de un mes y medio en África haciendo casting en escuelas para encontrar el niño adecuado y, como no acaba de convencerles ninguno, la chica encargada pidió ampliar la búsqueda a la zona norte del país, que es más peligrosa. Cuando llevaban 10 días, un niño que vagaba por las calles de una pequeña aldea de Benin les preguntó: «Oye blancas, ¿qué hacéis aquí?». Y a ese fue el que eligieron. Es un niño que vivía con su familia en una chabola, sin luz, sin agua.
¿Y cuál ha sido su experiencia en África?
Me sentía culpable por todo, porque no dejo de ser una europea que va a ese continente y ve la pobreza, pero no la padece. Por un lado, me maravillé de los paisajes, de una belleza muy enriquecedora, pero me sentía incómoda porque me parecía que molestaba más que otra cosa. Benin no es muy turístico y estábamos rodando en medio de su entorno. Nunca había visto la pobreza tan cerca y cuando volví a España me notaba rara y con la sensación de que tenía que hacer lo que pudiera para dar visibilidad a la tragedia.
¿Le agradan los papeles de contenido social o, de alguna forma, le llaman para ellos desde su impresionante actuación en El olivo?
A mí me interesa mucho trabajar en películas de contenido social. No sé si me llaman por el éxito de El olivo o por la forma de afrontar los personajes, pero siempre me ofrecen papeles de chica tierna, pero rebelde. Además, algo que he dicho hablando de Adú es que normalmente las películas de denuncia suelen tener poco respaldo económico y me encanta que esta lo tenga para que la vea mucha gente.