Adiós a Arzalluz, alma del PNV

SPC
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Jesuita, culto, polémico y pragmático, muere en Bilbao el que fuera figura clave del nacionalismo vasco durante 25 años, en los que pasó de defensor de los pactos a apostar por el 'plan Ibarretxe'

Muere Xabier Arzalluz - Foto: LUIS TEJIDO

«Xabier Arzalluz fue un maestro de la política y un abertzale, militante y dirigente ejemplar. Un nacionalista convencido que deja como legado su pasión por Euskadi». Así se despidió el lendakari, Íñigo Urkullu, del que fuera presidente de su partido, el PNV, durante más de dos décadas, fallecido ayer en Bilbao a los 86 años. «Nos deja una gran persona, una mente brillante, una personalidad arrolladora y una entrega absoluta a favor de la causa del pueblo vasco», añadió, refiriéndose al exdirigente como un ejemplo para los políticos de su generación.
Jesuita, culto, polémico y pragmático a la vez, Arzalluz fue la figura clave del nacionalismo vasco durante 25 años, en los que pasó de defensor de los pactos con el Ejecutivo central a apostar por el plan Ibarretxe, un hombre de partido que manejaba los hilos mientras dejaba gobernar a otros.
Nació en Guipúzcoa, en Azkoitia, pueblo euskaldún, religioso, en el seno de una familia carlista. Con esta crianza, sus primeros pasos estaban casi marcados. A los 10 años ya entró en el seminario de Durango y luego en el de los jesuitas.
Su trayectoria en la Compañía de Jesús le concedió una sólida preparación intelectual -abogado, amplió estudios, como hacían muchos jesuitas en aquella época, en Alemania, y hablaba cinco idiomas-, la base de sus discursos futuros llenos de citas.
Dejó los jesuitas en 1967, se casó -tuvo tres hijos- y en los últimos años del franquismo dio clases en la universidad de Deusto, mientras ya formaba parte de las ejecutivas clandestinas del PNV.
Fue en la transición cuando su figura emergió a la luz pública, ya que fue el portavoz del PNV en el Congreso en las Cortes Constituyentes. En aquellos años, entre 1977 y 1979, cuajó su relación con los que luego fueron los popes de la política española, desde Adolfo Suárez a Felipe González, pero también una rivalidad: la de Carlos Garaikoetxea, su enemigo íntimo.
Arzalluz era un hombre de partido: el único cargo público que tuvo fue el citado de diputado, que dejó en 1980, para ser presidente del PNV. De hecho, fue el artífice de la dicotomía que sigue practicando este grupo: los cargos políticos y del Gobierno vasco son incompatibles, y mandar, manda la formación, el Ejecutivo solo gestiona.
Esa fue una de las razones de su enfrentamiento con el entonces lendakari Garaikoetxea, que estaba en la cima de su popularidad y poder. Con él acabó como el rosario de la aurora, sobre todo tras crear la escisión, Eusko Alkartasuna.
Fue entonces cuando Arzalluz aguantó el tirón, sostuvo al PNV y se convirtió en el jefe indiscutible del partido durante 15 años. Dejaba gobernar a Ardanza, que «se maneja muy bien entre tanto papel», como decía el exdirigente.