Desencuentro

Leticia Ortiz (SPC)
-

La relación entre Sánchez e Iglesias siempre ha estado marcada por la desconfianza mutua, pero la negociación para la investidura parece que todavía ha alejado más a los dos líderes

Desencuentro - Foto: Ricardo Rubio

Rodeado de su por entonces núcleo duro -de aquella fotografía se cayeron, principalmente, Íñigo Errejón y Carolina Bescansa- un solemne Pablo Iglesias compareció el 22 de enero de 2016 en la sala de prensa del Congreso de los Diputados para exponer el Gobierno que le proponía a Pedro Sánchez, en el que él mismo ocuparía el puesto de vicepresidente y en el que tendrían hueco como ministros destacados dirigentes de Podemos, Izquierda Unidad y las confluencias territoriales asociadas a los morados. Más o menos a la misma hora, el secretario general del PSOE atravesaba la puerta de La Zarzuela camino de su reunión con el Rey. Fue el propio Felipe VI, según narró el socialista en su libro Manual de resistencia, el que le comunicó la propuesta de Iglesias, ya que se la había transmitido al Monarca minutos antes. 
Poco más de un mes después de aquella maniobra, desde la tribuna parlamentaria en el Pleno de la sesión de investidura del propio líder del PSOE, que resultaría fallida, Iglesias lanzó una dura advertencia al que quería que fuese su socio en un «Gobierno del cambio». «Desconfíe, señor Sánchez, de los que tienen manchado su pasado de cal viva», le espetó el dirigente de Podemos en clara alusión a Felipe González, uno de los gurús socialistas que había expresado su reticencia a pactar con los Podemos. La indignación de la bancada socialista interrumpió la sesión durante unos segundos por aquella referencia a la supuesta relación del expresidente del Gabinete con los GAL, la herramienta gubernamental en la guerra sucia contra ETA de los años 80 y 90.
Aquellos dos capítulos, según fuentes de Ferraz, cubrieron con un manto de desconfianza por parte del presidente del Gobierno en funciones la relación entre dos líderes políticos que ahora, en una situación similar a aquella -a las puertas de una nueva investidura-, parecen condenados a entenderse para evitar que las urnas vuelvan a los colegios electorales allá por noviembre.
Tampoco Iglesias parece que elegiría a Sánchez como compañero de cañas, ya que nunca ha acabado de tener buena sintonía con el socialista, del que cree que les ninguneó cuando irrumpieron en el panorama político español. La caída a los infiernos -sin escaño y fuera de la Secretaría General del PSOE- del madrileño ablandó el corazón del dirigente morado, sobre todo, cuando Sánchez confesó en un programa de televisión que más que su propio partido, el poder económico fue el que vetó el pacto entre Podemos y Ferraz en aquel 2016 por el que él apostaba.
 A pesar de ese intento por reconducir su relación, esta no ha acabado nunca de ser fluida y el desencuentro parece haberse agrandado en las últimas semanas, a raíz de los resultados de las elecciones del pasado 28 de abril en las que el PSOE no solo ganó con sus 123 escaños, sino que quedó en una posición de clara superioridad de cara a las posibles negociaciones con Podemos, que cayó hasta los 42. La cita con las urnas en regiones y municipios, con un estrepitoso batacazo de los morados, refrendó esa posición de dominio de los socialistas que, a pesar de necesitar a los de Iglesias para superar el trámite de la investidura, no están dispuestos a ceder en ciertos aspectos.
ministros morados. El punto de mayor fricción entre unos y otros es la posible formación de un Gobierno de coalición, el gran objetivo de Podemos y la línea roja puesta por un PSOE que mantiene su apuesta por un Ejecutivo monocolor. En estos días, Ferraz no ha dudado en utilizar a toda su artillería pesada, de ministros a barones regionales, para acusar a los de Iglesias de estar más pendientes de los cargos que de los programas. Incluso, a pesar de haber exigido «discreción y prudencia» a sus posibles socios al inicio de las conversaciones, no dudó en desvelar el pasado martes, tras la quinta reunión entre sus líderes, que el dirigente de los morados exigió la Vicepresidencia a cambio del apoyo de los suyos a la llegada al poder de Sánchez.
En Podemos niegan este último extremo, aunque no su objetivo de ocupar ciertas carteras, ya que lo consideran lógico a tenor de los resultados electorales. «Los españoles exigen un Gobierno de coalición. Lo dijeron en las urnas», repiten como un mantra desde las filas izquierdistas. Aunque en esta ocasión no han trascendido las carteras por las que suspiran los morados, en 2016, un error en las redes sociales del partido filtró que los de Iglesias pretendían presentarle al PSOE un proyecto de Ejecutivo en el que los Departamentos de Economía, Educación, Sanidad, Servicios Sociales, Defensa e Interior tuviesen al frente a algún dirigente de su partido, además de exigir la dirección de Radio Televisión Española, un puesto que designa el Congreso.
El infructuoso desarrollo de las negociaciones ya ha llevado a los dirigentes de Podemos a comenzar a trasladar a sus bases -que tienen la última palabra sobre los posibles pactos- la supuesta «humillación», falta de respeto y maltrato recibido por parte de los socialistas que, a su juicio, «están actuando como si tuvieran mayoría absoluta». 
Esta idea se une a la de que el PSOE realmente quiere el apoyo de Ciudadanos o la abstención del PP, por lo que no están negociando «en serio» con nadie para, tras una investidura fallida en julio, presionar a estos partidos para que faciliten la llegada al poder de Pedro Sánchez para evitar unas nuevas elecciones. Estos parecen ser los argumentos con los que los líderes morados tratarán de convencer a los suyos de cara a esa votación interna en la que deberán conseguir la bendición a un más que probable no a la investidura.
La ruptura entre Sánchez e Iglesias no es total. De hecho, sus números dos, Adriana Lastra e Irene Montero, respectivamente, están tratando de encauzar el diálogo entre ambas formaciones porque aún quedan días hasta que Meritxell Battet, como presidenta del Congreso, dé inicio al Pleno de investidura que arrancará el calendario para que o haya presidente o las urnas vuelvan a la calle. Sin embargo, el desencuentro parece cada vez mayor y la posible solución se antoja cada vez más difícil.