Enemigos íntimos

Leticia Ortíz (SPC)
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La Historia reciente de la política española evidencia la tendencia a las guerras internas en los partidos, pero, sobre todo, pone de relieve la dificultad de compaginar la amistad con el poder

Enemigos íntimos

Amanecía 1991 cuando el por entonces presidente del Gobierno, Felipe González, se sentó ante un folio en blanco para redactar una de las cartas más difíciles de su vida. Se trataba, ni más ni menos, de convencer a un amigo -«me interesa más la amistad que todo lo demás», llegó a escribir- para que abandonase su cargo y, de esta forma, separasen unos caminos que invariablemente habían estado unidos desde sus inicios. «Siempre me he resistido a continuar sin ti algo que empezamos juntos», se lamentaba el socialista, que echaba de menos «poder hablar como antaño» con el receptor de la misiva, quien, apenas unos días después de recibir la carta, dimitía como vicepresidente. El destinatario de aquellas letras era, claro, Alfonso Guerra, que consumaba con su marcha -acosado por el escándalo de corrupción de su hermano- uno de los divorcios más traumáticos de la política española, pero no el único. De hecho, las guerras internas, como lo fue durante años el bipartidsmo, han sido una de las señas de identidad de la función pública nacional desde la Transición. El último caso de sonada ruptura, como dicen en el mundo del papel couché, la han protagonizado estos días Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, cofundadores de Podemos y, antes de eso, íntimos amigos.
Ya el primer presidente del nuevo período democrático después del franquismo, Adolfo Suárez, sufrió la dificultad de compatibilizar poder y amistad. En sus años como gobernador civil en Segovia conoció a Fernando Abril, ingeniero agrónomo y jefe del Instituto de Reforma y Desarrollo Agrario. No solo ellos, sino sus familias, establecieron entonces una relación casi fraternal.
Cuando el Rey Juan Carlos encargó al abulense pilotar la Transición, este no dudó en llamar a su amigo, al que situó como hombre de confianza, tanto en su Gobierno, donde ocupó varias carteras ministeriales e, incluso, la Vicepresidencia, como en la UCD. Fue, precisamente, cuando este partido comenzó a romperse cuando Abril intentó hacerse con el poder también en el Ejecutivo, convencido de que Suárez estaba bloqueado, sentía pánico al Parlamento y no estaba en condiciones de seguir gobernando. Unos movimientos que el presidente se tomó como una traición personal. La relación entre ellos y entre sus familias acabó rota.
Aunque siempre se ha dicho que la izquierda en España ha sido más propensa a las luchas internas, el conflicto de la UCD, que acabó condenando a la formación, no fue el único en las fuerzas de centro y de derechas. Ciudadanos, que se vende, precisamente, como sucesor del partido de Suárez, ha visto como muchos de sus fundadores se caían del proyecto tapados por el liderazgo de Albert Rivera. Algunos, como Antonio Robles, se marcharon con duras críticas contra el catalán. «Es un joven sin ideología dispuesto a cualquier cosa por promocionarse como político», señaló el exdiputado del Parlament.