Tuve una esperanza

Antonio Pérez Henares
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El aplauso desde los balcones de miles de españoles que se solidarizaban con los que arriesgan sus vidas por el país contrasta con la cacerolada del odio de Podemos

Tuve una esperanza - Foto: asanmarti

Sí. Tuve una esperanza. En medio de la tribulación por la peste vírica, en la zozobra tras los errores, la inanición y hasta la insensatez, en la asunción final de que estábamos ante algo gravísimo, que a todos amenaza y a todos, de una u otra manera, nos va a afectar, este pueblo, el español, sacó ese nervio suyo, ese coraje y esa indomable bondad.
Espontáneamente, los vecinos separados por la cuarentena, pero unidos por los balcones y el corazón, elevaron con su aplauso y una vieja canción Resistiré a quienes combatían la enfermedad en primera linea y arriesgan sus vidas para intentar curarnos, abastecernos y velar por nosotros. España rompió las noches con un aplauso unánime, sin color, ni sigla, ni otra intención que expresar apoyo, unidad, determinación y hermandad.
Y a uno se le aventó la esperanza y pensó que tal vez, el maldito coronavirus del diablo, pudiera después de sembrar muerte y desolación y lo que luego nos tocara a los vivos sufrir con el desastre económico y mundial que tendremos que soportar, dejarnos algo bueno y que nos pudiera ayudar a remontar.
Lo pensé y recreció cuando, además en el Congreso, dejando aparcadas las cuentas pendientes y las responsabilidades adquiridas para cuando se hubiera logrado salir de esta angustia común, olvidando lo que había sido en otros momentos la actitud y la virulencia de quien, hoy Gobierno, era entonces oposición (ébola), la que ahora está en esa posición fue sensata y leal, ofreció su hombro y su apoyo al presidente en lo general y en la concreción de medidas tomadas y por tomar. Créanme, qué ingenuo, creí yo que era posible esa ilusión.
Aunque ya algo en esa impactante sesión de escaños vacíos y silencios encogidos, comenzó a chirriar. Salió Echenique, aquel que un día dijo que «en las portadas y en las tertulias el coronavirus está desbordado y es una peligrosa pandemia que causa pavor, y en el mundo real, el patógeno está absolutamente controlado en España», y otro calificó doctoralmente la enfermedad como «una gripe menos agresiva que la de todos los años». Ese mismo autor, el pasado miércoles, 600 muertos entonces, hoy ya son bastantes más, como portavoz de Podemos y en ausencia de sus jefes, la una infectada y el otro en cuarentena, cuando la quiere guardar, se quiso apropiar de ese aplauso, de esos balcones, de eclosión de unidad y emoción. Nos la quiso robar y expropiar al pueblo español marcándolo con su sigla, su mosca y su cagada, convirtiéndolo en grito de secta y pancarta de partido. El aplauso era de los morados y los suyos y quería decir lo que Podemos dice que el pueblo tendría que decir.
Fue solo el principio. No contentos con ello, y junto a los separatistas, de Torra, Puigdemont y Colau, se lanzó de inmediato a arrastrarla y ensuciarla por el cieno político, convocando, a continuación, a un estruendo de cacerolas, al ruido y al odio, en el mismo instante en que el Rey Felipe se dirigía a la nación.
El pretexto era hacerlo contra su padre, Juan Carlos, de quien ha renunciado a herencia alguna y al que ha retirado ante la información y documentos aparecidos, su retribución como Casa Real. Pero el objetivo de los secesionistas, que lo detestan por defender la Constitución y la unidad de la nación, y de ellos, que por lo mismo, lo detestan también. Han encontrado en ello, y ya se encargaran sus omnipresentes y todopoderosos altavoces mediáticos de atronar a todas horas, la nueva pólvora qué incendiar para lo que es y ha sido siempre su intención: la confrontación entre los españoles como objetivo y el odio político como palanca de poder.


Ilusión vana

La esperanza duró poco. No había sido nada más que una ilusión. La de volver a reencontrar ese momento y esa senda por la que en tiempos fuimos, con nuestras diferencias, pero reconciliados por la libertad y el futuro, queriendo y logrando, porque se logró, enterrar no la memoria pero si el rencor, no la Historia sino el resentimiento y revancha, asumiendo que hubo muerte, vesanía, asesinato, tortura y represión . Y criminales y asesinos repulsivos en ambos lados y sin excusa ni excepción. Pero mi esperanza se diluyó porque son estos, estos mismos de hoy, quienes se marcaron como meta el destruir esa convivencia y aquella reconciliación. Ellos son quienes han logrado que las gentes, los vecinos que un día bien cercano no tenían como elemento de enfrentamiento y de repulsión el color político del otro, volvieran a hacer de ello la línea roja de separación. Así que en cuanto vieron que eso estaba en peligro, que unidos en la adversidad esos vecinos se volvían a reencontrar, a ayudar, a reconocerse, a quererse, ellos tuvieron que actuar. Tenían que aplastar ese brote y sembrar de nuevo la división entre los balcones.
Porque ellos y sus aliados separatistas, cómplices una vez más, solo medran en la confrontación y el odio entre los españoles. Lo dejaron bien claro el miércoles y van a perseverar en ello pues es su razón de ser. Me temo, además, que lo consigan. En realidad, eso les ha llevado al poder y han parasitado a quienes lo han compartido con ellos. La esperanza de la desparasitación del socialismo por este cataclismo, no acabo de compartirla, salvo si es caso, para ellos, de extrema necesidad partidista.
La esperanza, la poca que me queda, la sigo teniendo en las gentes de a pie, la de los balcones, la del aplauso a los que luchan de verdad contra el miedo y la enfermedad. Mi temor es que a ellos también logren infectarles cada vez más con el odio y la división. Por conseguirlo, lo vimos y escuchamos, ni siquiera respetaron el silencio de los muertos, el dolor de los enfermos y el sufrimiento de sus familias.