El tsunami del coronavirus

Antonio Pérez Henares
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La tarea más importante del Gobierno contra esta epidemia debe estar dirigida al control de los temores y la psicosis que hay en la población

El tsunami del coronavirus - Foto: ETTORE FERRARI

El miedo ancestral a la peste, aunque ahora no canten sus desgracias los ciegos en las plazas sino las pantallas de los televisores y le llamen coronavirus, va a dejar orillado todo, la política incluso, y hasta puede que al fútbol. Va a inundar nuestra vidas, actos, movimientos y, por supuesto, nuestras conversaciones y y eso que cuando escribo todavía y por aquí no ha hecho sino empezar a asomarse. Porque no hay nada más general, trasversal e igualitario que el miedo. No entiende ni de ricos ni de pobres, ni de izquierdas ni de derechas; es algo que está en todas y cada una de las personas y forma parte de la condición humana. Y no hay razón que logré detenerlo cuando se desata.
¿Hasta dónde llegará el contagio, que desde luego está ya siendo mucho mayor, veloz y determinante, que el de la enfermedad en sí misma? Pues no me atrevo ni a intentar escrutarlo. Los movimientos compulsivos de las masas, ahora con el instrumental mediático invadiendo hasta el último rincón, pueden ser tan imprevisibles como contradictorios, pero en la dirección que tomen siempre habrá un punto de irracionalidad en el que caeremos todos, queramos o no queramos hacerlo. Pero en ello sí tendrá una importancia nada desdeñable lo que hagan o dejen de hacer los que ahora tienen las responsabilidades políticas del Gobierno. 
Porque aquí va a estar buena parte de cómo afrontemos eso que se nos viene encima y que, en realidad, por mucho que digan tampoco es que nadie sepa cómo afrontar esta situación. Ya no la enfermedad, que por supuesto, pero aún más el tsunami que está produciendo. Esos sí que pueden ser los efectos devastadores, más allá, incluso, de los que la propia epidemia produzca. 
 Porque lo que es necesario, ya decir y preparase, es que es una epidemia, pandemia o como quieran llamarla, que afectará a todo el mundo en mayor o menor medida, porque ahora las movilidades del ser humano son vertiginosas y de imposible control y van a extender el virus, lo están propagando ya, a velocidad vertiginosa. La enfermedad ha llegado y va a extenderse, causar víctimas y afectar a gentes que bien pueden ser cercanas. Esto ya está pasando en Asia y ahora en Europa y también se va a propagar aquí en España.
La cuestión médica y sanitaria es cómo conseguir prevenir en lo posible, pero asumiendo que hacerlo al completo no es factible, y lo que será a la postre trascendental es procurar que el número de esas víctimas entre los afectados sea el menor posible. Que es ahí donde hay que mantener la calma y la esperanza. 
El virus puede, es patente, causar la muerte, sobre todo a quienes estén débiles y sufriendo otras afecciones, pero no es mortal por necesidad y aunque no hay todavía una vacuna hay muchas posibilidades de sobrevivirlo. De hecho, un gran porcentaje, con los cuidados adecuados, sobreviven a ella.
 Todo ello es fácil decirlo y razonarlo, pero resulta que, en realidad, es lo que no se interioriza ni aún menos se asume. Porque sobre ello prevalece la psicosis colectiva y combatir contra ella sí que va a ser una tarea muy comprometida para quienes ahora tienen la obligación de hacerlo. Y ahí sí que vamos a volver a ver aparecer lo que ya vimos. 
¿Recuerdan ustedes las vacas locas o la gripe aviar? ¿Y aquel caso de ébola, aquella encarnizada batalla política y aquel desiderátum que traspasó, una vez más, cualquier decencia informativa? No tengan duda que, algo que no será muy distinto, aflorará a las primeras de cambio. La memoria nos trae esperpentos que esperemos no se repitan o que la sensación de despropósito la empiece a tener la ciudadanía de quienes más deban cuidar en no caer en ellos.
Inmunidad. La enfermedad es algo consustancial a la vida, pero resulta que, en nuestras sociedades, tenemos cada vez más la presunción, estúpida por demás pero muy asentada, de inmunidad y de seguridad absoluta. Hemos establecido, además, que eso es algo que están obligados a garantizarnos. Y cuando resulta que no, cuando se abre la grieta, nos revolvemos buscando a quién echarle la culpa. Y esa será la cuestión en la que no tardaremos en entrar. ¿A quién declaramos culpable de coronavirus?
 Pero antes, pasará de todo. La Bolsa naufragada y las cinco mascarillas a 150 euros son tan solo la espuma de la ola del tsunami que nos llega.