La mala reputación de la ganadería

SPC
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Una cuarta parte de las emisiones de gas invernadero procede de la agricultura, los animales y las explotaciones forestales y los humanos deben buscar vías para dañar menos el ecosistema

La mala reputación de la ganadería - Foto: Franziska Kraufmann

Cerca de una cuarta parte de las emisiones de gases invernadero proceden de la agricultura, la explotación forestal y la ganadería. Animales rumiantes como las vacas contribuyen a esas emanación porque durante la digestión expulsan gases y generan metano, un éter que es mucho más perjudicial en términos de contaminación atmosférica que el dióxido de carbono (CO2). Pero «no se pueden impedir las flatulencias de los animales o que eructen», señala el presidente de la asociación suiza de agricultores y ganaderos, Markus Ritter. ¿Y qué se puede hacer en el mundo de la agricultura para contribuir a la protección del medio ambiente?
Existen muchas vías para contribuir a dañar menos el medio ambiente. En ese sentido también el consumidor es importante, según indicaron Almut Arneth y Alexander Popp, coautores del Informe Especial del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC). Ese informe lleva por título Cambio climático y tierra: Documentos especiales del IPCC sobre cambio climático, desertificación, degradación del suelo, gestión agrícola sostenible, seguridad alimentaria y las corrientes de gases de efecto invernadero en ecosistemas terrestres. La agricultura y la seguridad alimenticia son tan solo uno de los muchos temas que aborda. 
«El tema del uso que se le da a la tierra reclama una especial atención», enfatiza Popp, miembro del Instituto Potsdam para la Investigación del Impacto Climático (PIK), de Alemania. «Si todo evoluciona como hasta ahora, en el futuro se llega a 9.000 millones de personas sobre la Tierra y África y China emulan el consumo en los países occidentales, entonces habrá un problema enorme», agrega.
Areth, investigadora de ecosistemas en el Instituto Tecnológico de Karlsruhe, también en Alemania, advierte: «la superficie terrestre es limitada, la población crece, se dedica más terreno a la producción de alimentos y de fibras para confeccionar ropa». Según explica, «cuando el bienestar aumenta, cambia el consumo. Se come más carne, por ejemplo. El hecho es que el uso que se hace de la tierra repercute en el cambio climático ya sea a través de la fertilización del suelo, las emisiones de gas metano de los rumiantes o la deforestación. La cuestión es cómo conseguimos poner orden en todo eso». 
Tan solo con cambiar la forma de alimentarse y hacer una gestión diferente de los alimentos, los seres humanos contribuirían a la protección del medio ambiente, afirman los científicos alemanes. Pop indica lo sano que sería si se volviese a la costumbre de comer carne solo los domingos, pues así se reduciría el consumo de los productos de origen animal.
«Si se dependiera menos de los rumiantes, habría más terreno para cultivar alimentos y para la explotación forestal», señala Arneth. El Ministerio de Medio Ambiente germano indica que un total de 4.580 millones de hectáreas, el 91,6 por ciento de la superficie agrícola en el mundo se destina al pasto o a la producción de alimentos para los animales. 
Consumir menos carne supone menos animales y ello conlleva una menor emisión de metano. A su vez, se dedicaría menos superficie a los pastos y a la producción de forrajes. Además, para las personas sería más sano y se podría dedicar más superficie para cultivar alimentos, lo que contribuiría a la lucha contra el hambre. Sería una situación en la que todos salen ganando.
El Ministerio alemán de Medio Ambiente estima que la producción de un kilo de verdura fresca genera el equivalente a 153 gramos de CO2. Y si se trata de un cultivo ecológico, solo 130 gramos. Sin embargo, un kilo de carne de vacuno genera 12.311 gramos. Si se trata de una producción en un entorno ecológico, 11.374 gramos. 
La Plataforma Intergubernamental de Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos, una institución de Naciones Unidas, fustiga las subvenciones en la política agraria. La entidad estima que en el año 2015 se destinaron 100.000 millones de dólares para subvenciones agrarias potencialmente dañinas.
¿Y qué se podría hacer en Alemania? La científica Arneth indica que las subvenciones no están contribuyendo a un uso sostenible de la tierra. Además, el consumo de carne es alto y se destruyen demasiados alimentos en los hogares, en el campo o en los supermercados.
«Los usuarios podrían preguntarse: ¿realmente necesito cinco camisetas nuevas o puedo seguir usando la de la temporada pasada?», agrega Arneth. 
En el cultivo del algodón, por ejemplo, se emplean pesticidas y se precisa mucha agua. ¿Pero no es verdad que vestir y comer de forma más ecológica cuesta más? Arneth no lo ve así.
Según Pop, además de un cambio en el comportamiento del consumidor, es importante sobre todo la protección de los pantanos, que constituyen una reserva de carbono y se libera al desecar esos terrenos para convertirlos en superficies agrícolas. «Impedirlo no sería costoso».
Para el año 2030, el Ministerio de Medio Ambiente quiere reducir entre 11 y 14 millones de toneladas de emisiones anuales con respecto a las de 2014, del equivalente de CO2. Para ello se contempla un mejor aprovechamiento de los residuos agrícolas en las instalaciones de biogás, más terreno para los cultivos ecológicos y más protección de los suelos pantanosos.