Después del 28-A

Antonio Pérez Henares
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Nunca antes ha habido tanta desconfianza en los que quieren gobernarnos ni mayor inquietud en lo que depare el futuro

Después del 28-A - Foto: J. J. Guillén

En estas elecciones las encuestas no se las creen ni quienes supuestamente las hacen. Tezanos, el comisario político de Sánchez para el del CIS, contradiciendo en horas sus propios datos es el esperpento definitivo. Pero el general desconcierto tanto de los pronosticadores demoscópicos como de los propios dirigentes de los partidos está alcanzando un nivel jamás visto. Un verdadero desbarajuste al que se unen las redes con continuos mensajes y cadenas de presuntos remedios milagreros de cómo lograr que la división creciente y galopante del voto no se convierta en un desastre. Pues miren, no hay solución alguna. La división es tóxica y letal. Punto.
A dos semanas tan solo de la urnas, la tentación creciente es taparse los oídos, poner la atención en otras cosas y esperar a la noche del 28 para ver en qué ha quedado todo esto y qué futuro podemos esperar de ello. Quizás es que lleve uno ya muchas campañas a las espaldas y no tiene ya tragaderas ni para un mitin ni un pase más, que ya le han pasado por la franela muchas veces.
Pero ahora con un añadido más. Esta vez desde un extremo al otro del arco el panorama resulta cada vez más desolador. En más de 40 años ya de democracia, nunca he tenido como en estos momentos mayor desconfianza en quienes pretenden gobernarnos ni mayor zozobra por lo que nos puede deparar el futuro próximo. El temor es que ante las más que previsibles tormentas que mucho más pronto que tarde van a abatirse sobre nosotros no haya capacidad alguna para afrontarlas y que podamos ya no asomarnos de nuevo al precipicio sino saltar como si de una estampida de ovejas se tratara por el despeñadero. Así es, no quiero ocultar mi grado de pesimismo.