El crimen del concejal llanisco

S. Ortega-R. Molina (EFE)
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La investigación policial demostró finalmente que fueron los celos y no el móvil político, que se barajó en principio, el verdadero detonante del asesinato hace un año del edil de IU Javier Ardines en Asturias

El crimen del concejal llanisco

Treinta y cinco mil euros, dos sicarios y un móvil que lo justificaba todo: los celos. Es lo que necesitó Pedro L. N. A para urdir el asesinato del concejal de IU en Llanes Javier Ardines, del que hoy se cumple un año. 
«Nací en Halle, Bélgica, en 1966. Soy hijo de emigrantes aunque a los nueve años volví a España. Nos instalamos en la Moría, en el pueblo de la Pesa de Pría. Me casé con 23 años, tuve dos hijos y ya soy abuelo. Mi pasión siempre fue la mar, salir a la angula, al ocle». Así resumió Ardines su biografía personal en la página web del Ayuntamiento de Llanes justo cuando empezaba un nuevo mandato. Era 2015 y el edil que renunció a cobrar por su tarea de cargo público tenía «ilusión por trabajar», por cambiar el modo de hacer política.
«Mi gran aspiración -concluía- es acabar con la conciencia tranquila, tratando a todos por igual indistintamente de su ideología. ¡Espero acertar!». Pero Ardines no pudo hacer balance de ese paso por el Consistorio ni concluir su mandato. En la mañana del 16 de agosto de 2018 fue asesinado a escasos metros de su domicilio cuando se dirigía a faenar con su barco, el Bramadoria. Su muerte conmocionó al municipio más turístico de la costa asturiana, que tardó en recuperarse del impacto.
Los rumores y las informaciones que especulaban sobre una posible vinculación política del crimen crisparon la vida del pueblo. Pero mientras la prensa lanzaba hipótesis de todo tipo sobre la muerte del concejal, los agentes de la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil, que a las 24 horas del suceso se desplazaron al lugar de los hechos, comenzaron a trabajar en varias líneas de investigación y decidieron profundizar en una: la del móvil sentimental. Acertaron.
El político, de 52 años, fue víctima de una emboscada cuando salía de su domicilio en Belmonte de Pría (Llanes) para dirigirse al puerto y salir a faenar con su embarcación. Lo hacía casi a diario, a hora muy temprana para después atender sus obligaciones municipales.
Ya a finales de julio, el concejal encontró un obstáculo en el camino rural que enfilaba cada día desde su domicilio: una valla de obra que esquivó sin bajarse de su furgoneta coche.
Ese 16 de agosto eran ya tres las vallas que sus asesinos habían colocado, así que Ardines se apeó a retirarlas. Fue en ese momento cuando le rociaron los ojos con gas pimienta y le propinaron varios golpes en la cabeza y en la nuca. Pudo recorrer 70 metros, se desplomó y murió.
Del escenario del crimen habían desaparecido los objetos con los que fue golpeado, que siguen sin encontrarse. Sí se fijaron los investigadores en un mancha oleosa que a la postre resultó ser gas pimienta.
En medio de un hermetismo casi absoluto, la Benemérita fue trabajando y descartando hipótesis hasta quedarse con la que les llevó hasta Pedro L.N.A., convencidos de que el móvil del ataque era sentimental y abandonando otros que pudieran estar relacionados con la actividad política de la víctima.
A los investigadores les cuadraba el perfil de Pedro como posible autor de un crimen por celos. Tenía varios antecedentes, alguno de ellos también por motivo sentimental. Hasta su esposa parecía sospechar de él, porque cuando apareció el cadáver de Ardines mandó un mensaje a su marido. «Pedro, ¿qué has hecho?».


Triángulo amoroso

Los agentes de la UCO ya habían descubierto que el concejal mantenía una relación sentimental con K.B., la mujer del sospechoso y prima a su vez de la esposa de Ardines. Ambas parejas salían juntas habitualmente y formaban parte de un grupo de amigos que disfrutaba de fiestas y cenas en el verano llanisco.
Como aparece en los ríos de tinta que se han escrito sobre el caso, en una de las salidas a cenar de ambas parejas, Pedro grabó, con su móvil escondido bajo una servilleta, una conversación entre su mujer y Ardines mientras él iba al baño y confirmó sus sospechas.
Movido por los celos, el esposo engañado, residente en Amorebieta (Bizkaia), urdió su plan y se puso en contacto con Jesús M.B. para que le consiguiera unos sicarios, dada la relación de este intermediario con el mundo delincuencial. Ofreció 25.000 euros para él o los sicarios que aceptaran el encargo y 10.000 al intermediario, que finalmente contactó con dos argelinos: K.M. y D.B.
El 27 de julio, Pedro viajó a Llanes sin comunicárselo a su mujer. Lo hizo acompañado del intermediario y de uno de los sicarios para mostrarles dónde vivía Ardines y el itinerario que hacía cada día.
Aunque Pedro podría ser el autor material, el móvil le localizaba en su casa de Llanes en el momento en el que se produjo el crimen. De todos modos, se comprobó que hubo un espacio temporal en el que no hizo uso del teléfono y suficiente para llegar hasta el lugar.
Los investigadores fueron encajando piezas en unas pesquisas difíciles y que constataban que había más de un autor material. Les resultó un poco extraño, además, que no se utilizara arma de fuego, pero descubrieron cómo se fraguó todo.
Reunieron pruebas suficientes y detuvieron a Pedro, al intermediario y a uno de los argelinos. El otro huyó a Suiza consciente del cerco policial, pero en el registro de su casa en Bilbao se encontró el bote de gas pimienta que utilizaron para rociar los ojos de la víctima.