A Pedro Sánchez le cercan los problemas

Pilar Cernuda
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El líder socialista ha salvado la investidura, pero tiene abiertos todos los frentes, el más importante es la presión de los independentistas

Los compromisos del nuevo Gobierno con los partidos separatistas complican la legislatura del PSOE.

Pablo Iglesias iba sobrado, pero Pedro Sánchez le cortó las alas antes de que jurara como vicepresidente del Gobierno. Tan sobrado iba el dirigente de Podemos que ni siquiera mantuvo las formas y, crecido por el cargo que asumirá la semana próxima, anunció a bombo y platillo los nombres de los ministros de su formación, atribuyéndose así una función que es exclusiva del jefe del Ejecutivo. La respuesta de Pedro Sánchez fue inesperada. Puso en su sitio al vallecano anunciando la creación de una cuarta Vicepresidencia que aminora su influencia en el nuevo equipo, porque se trata, además, de una responsabilidad con competencias en áreas a las que es muy sensible la izquierda.
El líder del PSOE ha salvado la investidura, pero le cercan los problemas. Tiene abiertos todos los frentes, pero el más importante de ellos es la presión de los independentistas, que no están dispuestos a ceder ni un milímetro en sus principales exigencias: mesa de negociación con Gobierno y Generalitat al mismo nivel, consulta sobre la autodeterminación en Cataluña e indulto para los presos. De momento, ha cedido Sánchez en la primera y se niega a las otras dos, que son inconstitucionales. Sin embargo, dirigentes sanchistas afirman que se pueden encontrar fórmulas para satisfacer a Junqueras, Puigdemont y Torra sin dejar de lado la Constitución. 
Ferraz, por otra parte, se encuentra en un espacio que le cuesta manejar porque las instituciones judiciales españolas siguen tomando decisiones que indignan a los independentistas, aunque confían en que los organismos europeos le den la razón. Han dedicado a ello mucho tiempo, dinero y esfuerzo y, de momento, ganan la batalla. La prueba, que Puigdemont y Comin han recogido sus credenciales como eurodiputados porque el Parlamento Europeo considera que la elección prevalece sobre las normas que exige la ley española para ser acreditados. La portavoz del grupo parlamentario socialista español, Iratxe García, que es también portavoz del grupo socialista del Parlamento Europeo -importantísimo cargo- y que se ha dejado la piel junto a González Pons y Garicano para impedir que Puigdemont tuviera entrada en el Parlamento Europeo, salió con lágrimas en los ojos días atrás del despacho de Sassoli, el presidente del PE, socialista como ella. Sassoli le puso delante el informe de su equipo jurídico que anteponía la elección de Puigdemont a cualquier otra circunstancia normativa española y a la euro orden: no solo podía ser eurodiputado sino que gozaba de inmunidad desde el mismo día de su elección.    
Los abogados de Oriol Junqueras han luchado sin éxito por su inmunidad, a pesar del informe demoledor del Tribunal Supremo  y del Parlamento Europeo que han retirado su reconocimiento al líder de ERC como eurodiputado después de que el Supremo determinase que perdió su inmunidad como tal al ser condenado en firme a 13 años de prisión e inhabilitación por el procés.
El líder socialista se ha comprometido a negociar con el partido que ampara a Junqueras y ha sido investido gracias a su ayuda, lo que significa que ni el propio presidente de Gobierno lo considera invalidado para la actividad política.
El socialista ha logrado ser investido, pero los frentes abiertos son numerosos. El más peligroso es el independentista, que si no acepta sus exigencias provocará su caída. El PSOE sabe muy bien que los separatistas cumplen siempre lo que dicen, nunca dan un paso atrás. Llevan cinco años demostrándolo, lo hacen, incluso, a riesgo de ser detenidos y condenados, como ya ha ocurrido. Por lo tanto, esa espada de Damocles está sobre la cabeza de Sánchez.
Tiene otra no menos importante: la actitud de Podemos. Sánchez, hasta el pasado martes estaba muy satisfecho por cómo había transcurrido su relación con Pablo Iglesias durante las negociaciones, valoraba su talante, su humildad para comprender que no se podían acceder a determinadas condiciones y le había gustado especialmente la intervención del líder de Podemos el pasado sábado en la primera jornada de la sesión de investidura. Pero Podemos había dado un paso que irritó profundamente a Sánchez, el anuncio de cuáles iban a ser «sus» ministros y en qué carteras. 
Desde el partido en el Gobierno no se dio la menor prueba de malestar, pero estaba a la espera de dar la respuesta adecuada: la designación de una cuarta vicepresidencia sin consultar ni avisar previamente a la formación morada. Todo un aviso a quien se creía el hombre fuerte del nuevo Gabinete.
Si tres vicepresidencias parecían excesivas, la cuarta puede provocar una indeseada inestabilidad en el nuevo equipo político. 
 Cualquiera que conozca la vida política, y sobre todo cómo se quiere demostrar influencia dentro de un Gobierno, sabe que de las vicepresidencias surgen la mayoría de las tensiones, por el afán de imponer criterio frente al resto de quienes se encuentran en el mismo nivel en el escalafón. 
Carmen Calvo está habituada a ser la única vicepresidenta y mano derecha del presidente. Iglesias no se conformará con ser solo el líder de sus ministros, y la solvencia y rigor de Nadia Calviño puede chocar con la ministra de Hacienda María Jesús Montero que, aunque no es vicepresidenta, sí va a ser portavoz y se colocará muy por encima al de los restantes ministros por su permanente exposición pública. Calviño hasta ahora, como titular de Economía, no se enfrentó nunca abiertamente a las decisiones de la ministra de Hacienda, pero como vicepresidenta puede hacerlo ahora si considera que la política fiscal puede afectar a los números que en estos momentos debe corregir urgentemente: la deuda y el déficit. 
En este contexto, el madrileño está siendo excesivamente dadivoso, tanto en el programa para captar el mayor número de votos posible y, después, para conseguir el apoyo de Pablo Iglesias.
Dos escenarios más aparecen abiertos en canal para el presidente: el primero, la lucha sin cuartel entre Junts y ERC, con la posibilidad de que Quim Torra convoque elecciones. Todo ello repercutirá inevitablemente en el Ejecutivo central, obligado por sus pactos a aprobar cuanto antes una serie de leyes y que podría ser difícil por falta de apoyos parlamentarias. 
Otro escenario es el del propio partido, con dirigentes regionales que han sido leales a la hora de no boicotear la investidura pero que, al menos en el caso de Lambán y Page, no han ocultado su posición contraria a los postulados que ha mantenido Sánchez respecto al independentismo. 
Lo demostraron no acudiendo a la sesión en la que fue elegido presidente. Tampoco lo hizo el extremeño Vara, aunque no se alineó con los críticos a las políticas de Pedro Sánchez; pero, en su trayectoria política, defendía posturas muy distintas a la que finalmente ha hecho suyas el líder del Partido Socialista.


Olvido grave

En estas semanas de negociaciones, Sánchez no ha llamado a Lambán ni a Page. Hay un dato que recuerdan los críticos a quienes les quieren oír: cuando el presidente justifica su acuerdo dice que cuenta con el apoyo de la militancia, que fue consultada. Se olvida contar que cuando le pidió su parecer no advirtió que, además del pacto con Podemos, pretendía otro con los independentistas.
Los sanchistas aseguran que su jefe conoce perfectamente el campo en el que se mueve y tiene fichas preparadas para salirse con la suya: el primer movimiento lo tiene muy pensado, y es que la mesa de negociación con ERC, que debe reunirse a los 15 días de que haya Gobierno, salte por los aires y, por tanto, no se vea obligado a cumplir con determinados compromisos. Pero no serían los socialistas los que invalidarían esa polémica mesa, sino Quim Torra, personaje visceral y que se mueve por impulsos. 
Esa sería la primera casilla conquistada del tablero. La segunda, convocar en primavera un Congreso del PSOE para, desde el propio Gobierno, fortalecerse como secretario general del partido.
El mandatario socialista nunca da puntada sin hilo. Lo que habrá que ver es si en esta ocasión, como presidente de un Gobierno de coalición, sabe también coser para que la labor quede presentable.